Era miércoles, iba camino
de Gandía en un cercanías que había cogí en Valencia. No recuerdo exactamente
la hora pero sí puedo decir que fue atardeciendo durante el viaje. Estaba
sentado en unos asientos de esos en los que viajas de lado y que solo tienen la
ventaja de que al frente tienes una gran ventana, eso sí, con cuatro asientos, situados
dos a dos, en medio. La ventaja en este caso era superior a la de ir en
cualquier otro lugar, pues, al estar atardeciendo, lo que tenías al mirar hacia
delante era una inmensa gama tonal de colores rojos, azules y blancos que a
veces se tornaban grisáceos por las contraluces.
Bajé los ojos cuando me
cegó un potente rayo de sol y la estampa no era menos bonita. Justo delante de
mí, sentados frente a frente había una pareja de enamorados. De no ser por la
magia de los colores que hacía que el ambiente hiciera propicia una sensiblería
especial, no me hubiera detenido a mirar la escena (pues, últimamente, las
escenas que derrochan amor de baratillo me dan arcadas).
Lo hice, me detuve y les
miré de manera descarada (aunque no haya nada de descaro en el mirar las
bonitas escenas, aunque quizá sí que había algo en el hecho de que tomé notas).
Eran un chico y una chica que rondaban la veintena, algún año menos,
seguramente. Ambos iban vestidos a juego; ella llevaba una blusa blanca, pantalón
vaquero y botas marrones; él, un jersey
gris a rombos del que salía el cuello de una camisa blanca, también vestía
pantalón vaquero y zapatos marrones. Ambos llevaban las chaquetas sobre las
rodillas. Ella además llevaba un bolso marrón encima de su chaqueta y él una
bolsa de Nudelsuppe que tenía situada bajo del asiento. Tuvieron la mala suerte
de que yo llevara una pequeña libreta a mano.
Y ahora… la historia.
Ambos estaban tristes, cruzaban miradas insistentes; ella, además, fingía una
sonrisa que se desvanecía ligeramente en los breves instantes en los que el
desviaba la mirada. Era a todas luces una despedida. Se hablaban, se tocaban, se
escuchaban, no sé si llegaban a olerse… Algunas de las palabras de ella, parecían de
consuelo. - “Tranquilo, aún estás, aún estoy… no sé si estamos” – parecía decir.
Posiblemente el se tenía que ir, uno de los dos lo habría dejado, eso no
importaba, lo único que hacía falta saber era que ese sería su último viaje.
Mientras observaba y me abstraía pensando en una historia que seguramente sería
totalmente falsa, producto de un ser aburrido y una mente “malpensante “(o “bienpensante”
según se mire). La voz de una mujer que me acompañaba reclamó mi atención,
haciéndome bajar de ese limbo... me dijo algo que carecía de importancia (como
de costumbre), así que volví a la escena.
Cuando mis ojos volvieron
a los enamorados, el sol se situaba justo en el centro de sus cabezas,
convirtiéndolos en una bella estampa en negativo, es decir, en sombras. A mi
parte más realista y cínica se le pudo escuchar una arcada de las que saben
ácidas. Era cierto, aquello era muy bello, pero, en gran parte, excesivamente
empalagoso. Me aparté, les dejé solos lo que quedaba de trayecto.
No sé qué fue de ellos,
ni quiero saberlo. Yo solo observé, inventé una historia y me fui.
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