jueves, 28 de noviembre de 2013

De soles y trenes

Era miércoles, iba camino de Gandía en un cercanías que había cogí en Valencia. No recuerdo exactamente la hora pero sí puedo decir que fue atardeciendo durante el viaje. Estaba sentado en unos asientos de esos en los que viajas de lado y que solo tienen la ventaja de que al frente tienes una gran ventana, eso sí, con cuatro asientos, situados dos a dos, en medio. La ventaja en este caso era superior a la de ir en cualquier otro lugar, pues, al estar atardeciendo, lo que tenías al mirar hacia delante era una inmensa gama tonal de colores rojos, azules y blancos que a veces se tornaban grisáceos por las contraluces.
Bajé los ojos cuando me cegó un potente rayo de sol y la estampa no era menos bonita. Justo delante de mí, sentados frente a frente había una pareja de enamorados. De no ser por la magia de los colores que hacía que el ambiente hiciera propicia una sensiblería especial, no me hubiera detenido a mirar la escena (pues, últimamente, las escenas que derrochan amor de baratillo me dan arcadas).

Lo hice, me detuve y les miré de manera descarada (aunque no haya nada de descaro en el mirar las bonitas escenas, aunque quizá sí que había algo en el hecho de que tomé notas). Eran un chico y una chica que rondaban la veintena, algún año menos, seguramente. Ambos iban vestidos a juego; ella llevaba una blusa blanca, pantalón vaquero y botas marrones; él,  un jersey gris a rombos del que salía el cuello de una camisa blanca, también vestía pantalón vaquero y zapatos marrones. Ambos llevaban las chaquetas sobre las rodillas. Ella además llevaba un bolso marrón encima de su chaqueta y él una bolsa de Nudelsuppe que tenía situada bajo del asiento. Tuvieron la mala suerte de que yo llevara una pequeña libreta a mano.
Y ahora… la historia. Ambos estaban tristes, cruzaban miradas insistentes; ella, además, fingía una sonrisa que se desvanecía ligeramente en los breves instantes en los que el desviaba la mirada. Era a todas luces una despedida. Se hablaban, se tocaban, se escuchaban, no sé si llegaban a olerse…  Algunas de las palabras de ella, parecían de consuelo. - “Tranquilo, aún estás, aún estoy… no sé si estamos” – parecía decir. Posiblemente el se tenía que ir, uno de los dos lo habría dejado, eso no importaba, lo único que hacía falta saber era que ese sería su último viaje. Mientras observaba y me abstraía pensando en una historia que seguramente sería totalmente falsa, producto de un ser aburrido y una mente “malpensante “(o “bienpensante” según se mire). La voz de una mujer que me acompañaba reclamó mi atención, haciéndome bajar de ese limbo... me dijo algo que carecía de importancia (como de costumbre), así que volví a la escena.

Cuando mis ojos volvieron a los enamorados, el sol se situaba justo en el centro de sus cabezas, convirtiéndolos en una bella estampa en negativo, es decir, en sombras. A mi parte más realista y cínica se le pudo escuchar una arcada de las que saben ácidas. Era cierto, aquello era muy bello, pero, en gran parte, excesivamente empalagoso. Me aparté, les dejé solos lo que quedaba de trayecto.
No sé qué fue de ellos, ni quiero saberlo. Yo solo observé, inventé una historia y me fui.

PD. Entre tanto amor… yo viajaba con mi madre.

domingo, 24 de julio de 2011

El príncipe de Lebrelia (Anónimo)

Como ya dije, quiero que participéis en el blog, ésta vez la entrada es de un amiguete que me envió una historia por correo para que la publicara. No ha querido que de el nombre. El resto, animaos a escribir algo.

Fue en una apacible tarde de primavera cuando el Príncipe Kazim cumplió 18 años. Con ello, su modo de vida iba a cambiar. Hasta entonces, su padre, el Rey Güthor de Lebrelia, le había educado dentro de los muros de palacio, sin permitirle nunca salir al exterior. Sin embargo, la mayoría de edad le iba a permitir, como regalo de cumpleaños, poder conocer la ciudad y comprobar cómo era con sus propios ojos.

No obstante, Kazim poseía un secreto que su padre desconocía. El hecho de que jamás hubiese salido de palacio no era impedimento para que el Príncipe supiese, mediante los cuchicheos de los cortesanos y los criados, la suerte de los habitantes de Lebrelia y lo que éstos pensaban del Rey. Y a pesar de que él creía que su padre era un hombre bueno, el pueblo parecía no acompañar al sentimiento del heredero al trono, ya que el malestar hacia el Rey Güthor era bastante palpable a tenor de los comentarios, casi clandestinos, de la corte, en especial aquellos referentes a su crueldad. De hecho, según pudo oír escondido tras una columna, gran parte de las esperanzas del pueblo residían en el joven Príncipe.

Así pues, Kazim se decidió a visitar a su pueblo. Decidió que, ya que los ciudadanos habían depositado sus esperanzas en él, les visitaría y tomaría las decisiones que adoptaría hacia ellos. Estaba en su mano y quería actuar en consecuencia. No, mejor dicho: debía actuar en consecuencia. Era su deber como heredero

A la mañana siguiente de alcanzar la mayoría de edad, el Príncipe de Lebrelia salió de palacio por primera vez. Comenzó su recorrido por la avenida principal de la ciudad, donde los nobles de la ciudad le esperaban para vitorearle mientras trataban de obsequiarle con caros regalos; tras ello, se introdujo por el distrito comercial, donde los tenderos y los artesanos le aclamaron con tremendo fervor; por último, y antes de volver a palacio, Kazim desfiló cerca de los suburbios y los barrios bajos de la ciudad, donde la gran mayoría del pueblo pasaba penurias y hambre debido a las decisiones y el gobierno de Güthor. En sus ojos, justo antes de volver a palacio, Kazim vio esperanza: la esperanza real de un pueblo, el suyo, que esperaba un cambio confiando en la juventud de su príncipe.

Al volver a palacio, Kazim quedó profundamente conmocionado por cuanto acababa de ver. Rápidamente mandó entrevistarse con su padre. Güthor le recibió en el salón principal de palacio y le dijo que, además del regalo por su 18 cumpleaños le iba a permitir que pidiese otro regalo, el que él quisiera.

Y fue en ese preciso instante cuando el shock por lo que acababa de ver cayó sobre él como una losa. Los ojos se le llenaron de lágrimas y pidió su regalo de cumpleaños:
- Padre – dijo Kazim entre lágrimas - , quiero que mandéis a la Guardia Real a los barrios bajos; una vez allí, los soldados deberán averiguar qué hombres, mujeres y niños se han mostrado en contra de vuestro gobierno; tras ello, deberán ser apresados y ejecutados al atardecer en las puertas de palacio.

El Rey quedó perplejo ante semejante demanda, y pidió a su hijo que le explicase los motivos de su decisión. Kazim tomó la palabra de nuevo:
- Les he visto hoy por primera vez, Padre. Y estaba convencido de que cuando les viese sentiría cariño y afecto hacia ellos; pero al ver sus caras mugrientas y las penurias por las que atravesaban, he sentido un escalofrío recorriéndome el espinazo, y no he podido evitar pensar en otra cosa que el miedo que me daba poder perderlo todo por ellos y por sus ideas. Ahora me aman pero, ¿y en el futuro? No voy a correr ese riesgo, y no dejaré que tengan ninguna oportunidad: si aplasto públicamente a los agitadores no habrá riesgo de que nadie quiera intentar lo mismo, y tanto tú como yo nos aseguraremos poder seguir viviendo sin sobresaltos.

Güthor abrazó a su hijo y le dijo que si ese era su deseo, ese sería el regalo que tendría. Tras ello, se disponía a abandonar el salón para regresar a sus aposentos, pero el Príncipe le habló antes de que saliese de la estancia:
- También quiero que subas los tributos a los nobles. De este modo nos aseguraremos de queno adquieran demasiado poder y no tengan opción de enardecer a las masas.

Sin embargo, el Rey le recordó que sólo le había concedido un regalo de cumpleaños, no dos.

- Lo sé –dijo Kazim- pero esto ya no es un regalo, sino que es por el bien de Lebrelia: para que haya equilibrio hay que tomar, en muchas ocasiones, decisiones drásticas; y si esas decisiones sirven para mi propósito, ya me parecen un regalo por sí solas.

Güthor consintió y salió de la sala. En cuanto llegó a sus aposentos, sonrió. Lebrelia no tenía nada que temer; su heredero, el Príncipe Kazim, iba por el buen camino.

jueves, 14 de julio de 2011

Cuando la mariposa se cansó del abejorro

Voy a empezar las andaduras de este nuevo blog (que no tiene categoría definida) con una fábula.


La mariposa se cansó, se dio cuenta de que el abejorro no la llenaba, no era lo que ella merecía. Cuando estaba junto a él, los colores vivos de sus alas se tornaban grisáceos, tristes.

Así que, el abejorro, que tanta miel había intentado dar, volvió a su colmena interior, donde la compañía de todo un enjambre no aliviaba su soledad.

Sintiéndose preso de sus sentimientos, el abejorro intentó liberarse buscando la compañía de otros insectos. Todos lo reclamaban pues tenía fama de comprender el porqué de la lógica y los sentimentos de los invertebrados. Intentaba así, encontrar solución al mal que le aquejaba, reflejándose en todos y cada uno de los que se acercaba a pedirle consejo o ayuda; todo porque sabía lo sencillo que resultaba compender a los demás (lo imposible es conocerse a uno mismo).

Por ello, se podría decir que ayudaba por puro egoísmo: pero, en realidad, afirmar esto era equivocarse puesnuestro abejorro había perdido toda esperanza de hayar lo que llenara su vacío, se limitaba a deambular en lugar de vivir; sin embargo, no perdía detalle de los acontecimientos que le rodeaban.

Y así hería al tiempo (pues no era partidario de matar nada) con un sentido del humor particular que era admirado por el resto de los habitantes de aquel jardín. Ese don ayudaba a éstos a ser más felices y a él, a ocultar su tristeza.

Poco a poco (como ha de ser todo en esta vida) pasaron los días que parecieron años y gracias a la ayuda que había dado (y por lo tanto recibido) encontró la respuesta que tanto buscaba:

Mientras él era feliz con la que, equivocadamente, creyó su mariposa (ajeno a que las propiedades no existen en el reino animal) su mundo pasó a reducirse a dos  insectos y eso no era justo para el resto del jardín. Él había llegado a este lugar para sentirse continuamente vacío, para llenar al resto mientras buscaba explicaciones inexistentes.

Era duro, y lo sería cada vez más lo que le quedara de existencia, pero su infelicidad significaba la felicidad de todos los insectos de aquel, para él, funesto jardín