Como ya dije, quiero que participéis en el blog, ésta vez la entrada es de un amiguete que me envió una historia por correo para que la publicara. No ha querido que de el nombre. El resto, animaos a escribir algo.
Fue en una apacible tarde de primavera cuando el Príncipe Kazim cumplió 18 años. Con ello, su modo de vida iba a cambiar. Hasta entonces, su padre, el Rey Güthor de Lebrelia, le había educado dentro de los muros de palacio, sin permitirle nunca salir al exterior. Sin embargo, la mayoría de edad le iba a permitir, como regalo de cumpleaños, poder conocer la ciudad y comprobar cómo era con sus propios ojos.
No obstante, Kazim poseía un secreto que su padre desconocía. El hecho de que jamás hubiese salido de palacio no era impedimento para que el Príncipe supiese, mediante los cuchicheos de los cortesanos y los criados, la suerte de los habitantes de Lebrelia y lo que éstos pensaban del Rey. Y a pesar de que él creía que su padre era un hombre bueno, el pueblo parecía no acompañar al sentimiento del heredero al trono, ya que el malestar hacia el Rey Güthor era bastante palpable a tenor de los comentarios, casi clandestinos, de la corte, en especial aquellos referentes a su crueldad. De hecho, según pudo oír escondido tras una columna, gran parte de las esperanzas del pueblo residían en el joven Príncipe.
Así pues, Kazim se decidió a visitar a su pueblo. Decidió que, ya que los ciudadanos habían depositado sus esperanzas en él, les visitaría y tomaría las decisiones que adoptaría hacia ellos. Estaba en su mano y quería actuar en consecuencia. No, mejor dicho: debía actuar en consecuencia. Era su deber como heredero
A la mañana siguiente de alcanzar la mayoría de edad, el Príncipe de Lebrelia salió de palacio por primera vez. Comenzó su recorrido por la avenida principal de la ciudad, donde los nobles de la ciudad le esperaban para vitorearle mientras trataban de obsequiarle con caros regalos; tras ello, se introdujo por el distrito comercial, donde los tenderos y los artesanos le aclamaron con tremendo fervor; por último, y antes de volver a palacio, Kazim desfiló cerca de los suburbios y los barrios bajos de la ciudad, donde la gran mayoría del pueblo pasaba penurias y hambre debido a las decisiones y el gobierno de Güthor. En sus ojos, justo antes de volver a palacio, Kazim vio esperanza: la esperanza real de un pueblo, el suyo, que esperaba un cambio confiando en la juventud de su príncipe.
Al volver a palacio, Kazim quedó profundamente conmocionado por cuanto acababa de ver. Rápidamente mandó entrevistarse con su padre. Güthor le recibió en el salón principal de palacio y le dijo que, además del regalo por su 18 cumpleaños le iba a permitir que pidiese otro regalo, el que él quisiera.
Y fue en ese preciso instante cuando el shock por lo que acababa de ver cayó sobre él como una losa. Los ojos se le llenaron de lágrimas y pidió su regalo de cumpleaños:
- Padre – dijo Kazim entre lágrimas - , quiero que mandéis a la Guardia Real a los barrios bajos; una vez allí, los soldados deberán averiguar qué hombres, mujeres y niños se han mostrado en contra de vuestro gobierno; tras ello, deberán ser apresados y ejecutados al atardecer en las puertas de palacio.
El Rey quedó perplejo ante semejante demanda, y pidió a su hijo que le explicase los motivos de su decisión. Kazim tomó la palabra de nuevo:
- Les he visto hoy por primera vez, Padre. Y estaba convencido de que cuando les viese sentiría cariño y afecto hacia ellos; pero al ver sus caras mugrientas y las penurias por las que atravesaban, he sentido un escalofrío recorriéndome el espinazo, y no he podido evitar pensar en otra cosa que el miedo que me daba poder perderlo todo por ellos y por sus ideas. Ahora me aman pero, ¿y en el futuro? No voy a correr ese riesgo, y no dejaré que tengan ninguna oportunidad: si aplasto públicamente a los agitadores no habrá riesgo de que nadie quiera intentar lo mismo, y tanto tú como yo nos aseguraremos poder seguir viviendo sin sobresaltos.
Güthor abrazó a su hijo y le dijo que si ese era su deseo, ese sería el regalo que tendría. Tras ello, se disponía a abandonar el salón para regresar a sus aposentos, pero el Príncipe le habló antes de que saliese de la estancia:
- También quiero que subas los tributos a los nobles. De este modo nos aseguraremos de queno adquieran demasiado poder y no tengan opción de enardecer a las masas.
Sin embargo, el Rey le recordó que sólo le había concedido un regalo de cumpleaños, no dos.
- Lo sé –dijo Kazim- pero esto ya no es un regalo, sino que es por el bien de Lebrelia: para que haya equilibrio hay que tomar, en muchas ocasiones, decisiones drásticas; y si esas decisiones sirven para mi propósito, ya me parecen un regalo por sí solas.
Güthor consintió y salió de la sala. En cuanto llegó a sus aposentos, sonrió. Lebrelia no tenía nada que temer; su heredero, el Príncipe Kazim, iba por el buen camino.
domingo, 24 de julio de 2011
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